"La inteligencia sin consciencia destruye aquello que pretende mejorar” (Ankor Inclán)
- 26 dic 2025
- 3 Min. de lectura
El 25 de diciembre de 2025, mientras chequeaba publicaciones en nuestra página “Pïkïtü Ñee Jeroatá” en Facebook, encontré un relato publicada en la página “Ankor Anclán” que me conectó con lo que decía, lo que considero que es un relato que ilustra maravillosamente la realidad actual de la humanidad y del planeta, en el que existen seres maravillosos y maravillosas que son la expresión de la consciencia. Es por ello que me pareció necesario compartirlo aquí en nuestra página para que muchos más hagamos conexión con la consciencia divina de la existencia.
Que los disfruten….
En lo alto de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde la selva se vuelve montaña y las nubes parecen posarse a descansar, viven los kogui. Dicen que son los Hermanos Mayores del mundo. No por orgullo. Por responsabilidad.
Ellos creen que el resto de la humanidad es el Hermano Menor: inquieto, inteligente, creativo… pero distraído.
Y peligroso cuando no escucha.
Seukukui tenía siete años cuando entró por primera vez en la oscuridad. Su madre lo condujo hasta una pequeña abertura en la montaña. No hubo despedidas largas. Solo un gesto suave en la espalda.
Dentro no había luz. Ni tiempo claro. Ni referencias. Allí crecería durante años.
Los mamos, los sabios kogui, se forman en cuevas desde la infancia. Pasan largos periodos en penumbra, aprendiendo a pensar antes de actuar, a imaginar el mundo sin tocarlo, a sentir el equilibrio invisible de las cosas. Mientras afuera el sol recorre el cielo, dentro se aprende a escuchar sin los ojos.
Un mamo no manda. Aconseja. No impone. Advierte.
“Si aprendes demasiado rápido”, decía uno de los ancianos, “rompes lo que no entiendes”.
Cuando Seukukui salió de la cueva por primera vez después de mucho tiempo, la luz le dolió. Vio el verde de la selva como si fuera nuevo. Tocó la tierra con cuidado. Cada cosa parecía frágil.
Eso era exactamente lo que debía aprender.
Los kogui creen que cada río, cada montaña, cada piedra tiene un hilo que la conecta con el resto del mundo. Cuando uno se rompe, todos tiemblan. Por eso, antes de tomar algo, pagan con pensamiento. Se sientan. Meditan. Equilibran.
Durante años, observaron cómo el Hermano Menor abría minas, desviaba ríos, talaba bosques. No respondieron con armas. Respondieron con mensajes.
En los años noventa, algunos mamos aceptaron algo impensable: hablar frente a cámaras. No para exhibirse, sino para advertir.
“No venimos a enseñarles”, dijeron. “Venimos a recordarles que están rompiendo el tejido”.
Muchos escucharon. Muchos no.
Seukukui creció y se convirtió en mamo. Un día, un visitante le preguntó por qué no se oponían con violencia a quienes destruían su territorio.
Seukukui respondió con calma: “Si el cuerpo está enfermo, no golpeas el corazón. Lo cuidas”.
Para los kogui, la Tierra no es un recurso. Es un cuerpo vivo. Los humanos son órganos. Algunos cumplen su función. Otros actúan como si fueran independientes.
“Cuando un órgano cree que no necesita al resto”, explicó Seukukui, “el cuerpo enferma”.
Hoy, los kogui siguen caminando descalzos por senderos invisibles. No usan relojes. Usan ciclos. Algunos jóvenes aprenden español. Otros no. Todos aprenden primero a escuchar.
No viven aislados por ignorancia, sino por coherencia. Saben que demasiada exposición rompe la atención. Y sin atención, no hay equilibrio posible.
Cuando alguien les pregunta si creen que el mundo aún puede corregirse, los mamos no responden de inmediato. Guardan silencio. A veces largo.
Luego dicen algo sencillo: “El mundo siempre puede. La pregunta es si ustedes quieren aprender a parar”.
En una civilización obsesionada con avanzar, los kogui practican el acto más difícil: detenerse a pensar antes de tocar.
No escribieron tratados ecológicos. No inventaron tecnologías verdes. Pero sostuvieron durante siglos una idea radical: que la inteligencia sin conciencia destruye aquello que pretende mejorar.
Los Hermanos Mayores siguen allí arriba, sosteniendo hilos invisibles que nadie ve. No piden obediencia. Piden atención.
Y tal vez, si alguna vez el Hermano Menor aprende a escuchar sin tocar, sin tomar, sin correr… todavía estemos a tiempo.
Fuente original: Ankor Inclán. https://www.facebook.com/share/p/17mXEgfcZB/




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